[20] y sin decir nada, salvo algunas preguntillas sueltas
para pedir nuevos datos o la aclaracion de alguna obscuridad.
Cuando Rey concluyo, Pinzon estaba serio. Estirose
en la cama, desperezandose con la placentera convulsion de
quien no ha dormido en tres noches, y despues dijo asi:
[25] —Tu plan es arriesgado y dificil.
—Pero no imposible.
—iOh! no,
que nada hay imposible en este mundo.
Piensalo bien.
—Ya lo he pensado.
[30] —?Y estas resuelto a llevarlo adelante?
Mira que esas
cosas ya no se estilan.
Suelen salir mal, y no dejan bien
parado a quien las hace.
—Estoy resuelto.
—Pues por
mi parte, aunque el asunto es arriesgado y
grave, muy grave, estoy
dispuesto a ayudarte en todo y por 132
todo.
—?Cuento contigo?
—Hasta morir.
XIX
=Combate terrible.—Estrategia=
[5] Los primeros fuegos no podian tardar. A
la hora de la
comida, despues de ponerse
de acuerdo con Pinzon respecto
al plan convenido, cuya
primera condicion era que ambos
amigos fingirian no
conocerse, Pepe Rey fue al comedor.
Alli encontro a su tia
que acababa de llegar de la catedral,
[10] donde pasaba, segun su costumbre, toda la manana.
Estaba
sola y parecia hondamente
preocupada. El ingeniero
observo que sobre aquel
semblante palido y marmoreo, no
exento de cierta hermosura,
se proyectaba la misteriosa
sombra de un celaje.
Al mirar recobraba la claridad
[15] siniestra; pero miraba poco, y despues de una
rapida
observacion del rostro
de su sobrino, el de la bondadosa dama se
ponia otra vez en su
estudiada penumbra.
Aguardaban en silencio
la comida. No esperaron a D.
Cayetano, porque este
habia ido a Mundogrande. Cuando
[20] empezaron a comer, dona Perfecta dijo:
—Y ese militarote
que nos ha regalado hoy el Gobierno,
?no viene a comer?
—Parece tener
mas sueno que hambre—repuso el
ingeniero sin mirar
a su tia.
[25] —?Le conoces tu?
—No le he visto en mi vida.
—Pues estamos
divertidos con los huespedes que nos
manda el Gobierno.
Aqui tenemos nuestras camas y nuestra
comida para cuando a
esos perdidos de Madrid se les
[30] antoje disponer de ellas.
—Es que hay temores de que se levanten partidas—dijo 133 Pepe Rey, sintiendo que una centella corria por todos sus miembros,—y el Gobierno esta decidido a aplastar a los orbajosenses, a aplastarlos, a hacerlos polvo.
[5] —Hombre, para, para por Dios, no nos
pulverices—exclamo
la senora con sarcasmo.—iPobrecitos
de nosotros!
Ten piedad, hombre,
y deja vivir a estas infelices criaturas.
Y que, ?seras tu de
los que ayuden a la tropa en la grandiosa
obra de nuestro aplastamiento?


