El semblante de la senora
irradiaba satisfaccion, semejante 98
a la de un artista orgulloso
de su obra.
—?Que?
—Yo te disculpare,
hombre. Tomarias algunas copas
[5] en el Casino, ?no es esto? He aqui el resultado
de las
malas companias. iD.
Juan Tafetan, las Troyas!...
Esto es horrible, espantoso.
?Has meditado bien?...
—Todo lo
he meditado, senora—repuso Pepe, decidido
a no entrar en discusiones
con su tia.
[10] —Me guardare muy bien de escribirle
a tu padre lo que
has hecho.
—Puede usted escribirle lo que guste.
—Vamos: te defenderas desmintiendome.
—Yo no desmiento.
[15] —Luego confiesas que estuviste en casa de esas....
—Estuve.
—Y que les
diste media onza, porque, segun me ha dicho
Maria Remedios, esta
tarde bajo Florentina a la tienda del
extremeno a que le cambiaran
media onza. Ellas no podian
[20] haberla ganado con su costura. Tu estuviste
hoy en casa
de ellas; luego....
—Luego yo se la di. Perfectamente.
—?No lo niegas?
—iQue he de negarlo! Creo que puedo hacer de mi [25] dinero lo que mejor me convenga.
—Pero de
seguro sostendras que no apedreaste al senor
Penitenciario.
—Yo no apedreo.
—Quiero decir que ellas en presencia tuya....
[30] —Eso es otra cosa.
—E insultaron a la pobre Maria Remedios.
—Tampoco lo niego.
—?Y como justificaras
tu conducta? Pepe... por Dios.—No
dices nada; no te arrepientes,
no protestas... no....
—Nada, absolutamente nada, senora. 99
—Ni siquiera procuras desagraviarme.
—Yo no he agraviado a usted....
—– Vamos, ya no te falta mas que... Hombre, coge [5] ese palo y pegame.
—Yo no pego.
—iQue falta de respeto! ique!... ?No cenas?
—Cenare.
Hubo una pausa de mas
de un cuarto de hora. D. Cayetano,
[10] dona Perfecta y Pepe Rey comian en silencio.
Este
se interrumpio cuando
D. Inocencio entro en el comedor.
—iCuanto
lo he sentido, Sr. D. Jose de mi alma!...
Creame usted que lo
he sentido de veras—dijo estrechando
la mano al joven y mirandole
con expresion de lastima.
[15] El ingeniero no supo que contestar; tanta era
su
confusion.
—Me refiero al suceso de esta tarde.
—iAh!... ya.
—A la expulsion de usted del sagrado recinto de la [20] iglesia catedral.
—El senor
obispo—dijo Pepe Rey,—debia pensarlo
mucho antes de arrojar
a un cristiano de la iglesia.


