—Tambien
dijo con mucha delicadeza que Orbajosa era
un pueblo de mendigos,
y dio a entender que aqui vivimos
en la mayor miseria
sin darnos cuenta de ello.
—iValgame
Dios! si me lo llega a decir a mi, hay un
[15] escandalo en el Casino—exclamo el
recaudador de contribuciones.
—?Por que no
le dijeron la cantidad de arrobas
de aceite que produjo
Orbajosa el ano pasado? ?No sabe
ese estupido que en
anos buenos Orbajosa da pan para toda
Espana y aun para toda
Europa? Verdad es que ya llevamos
[20] no se cuantos anos de mala cosecha; pero eso
no es
ley. Pues ?y la
cosecha del ajo? ?A que no sabe ese
senor que los ajos de
Orbajosa dejaron bizcos a los senores
del Jurado en la Exposicion
de Londres?
Estos y otros dialogos
se oian en las salas del Casino por
[25] aquellos dias. A pesar de estas hablillas
tan comunes en
los pueblos pequenos,
que por lo mismo que son enanos
suelen ser soberbios,
Rey no dejo de encontrar amigos sinceros
en la docta corporacion,
pues ni todos eran maldicientes
ni faltaban alli personas
de buen sentido. Pero
[30] tenia nuestro joven la desgracia, si desgracia
puede llamarse,
de manifestar sus impresiones
con inusitada franqueza, y
esto le atrajo algunas
antipatias.
Iban pasando dias.
Ademas del disgusto natural que las
costumbres de la sociedad
episcopal le producian, diversas
causas todas desagradables
empezaban a desarrollar en su 76
animo honda tristeza,
siendo de notar principalmente, entre
aquellas causas, la
turba de pleiteantes que cual enjambre
voraz se arrojo sobre
el. No era solo el tio Licurgo, sino
[5] otros muchos colindantes los que le reclamaban
danos y
perjuicios, o bien le
pedian cuentas de tierras administradas
por su abuelo.
Tambien le presentaron una demanda por
no se que contrato de
aparceria que celebro su madre y no
fue al parecer cumplido,
y asimismo le exigieron el reconocimiento
[10] de una hipoteca sobre las tierras de Alamillos,
hecha en extrano documento
por su tio. Era un hormiguero,
una inmunda gusanera
de pleitos. Habia hecho
proposito de renunciar
a la propiedad de sus fincas; pero
entre tanto su dignidad
le obligaba a no ceder ante las
[15] marrullerias de los sagaces palurdos; y como
el Ayuntamiento
le reclamo tambien por
supuesta confusion de su
finca con un inmediato
monte de Propios, viose el desgraciado
joven en el caso de
tener que disipar las dudas que
acerca de su derecho
surgian a cada paso. Su honra estaba
[20] comprometida, y no habia otro remedio que pleitear
o morir.


