—iOh, si,
tan buena!—anadio el canonigo,—que
no
dudo perdonara a su
primo.
—Creo que Rosario me ha perdonado ya—afirmo Rey.
—Y si no,
en corazones angelicales no dura mucho el
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resentimiento—dijo
D. Inocencio melifluamente.—Yo tengo
gran ascendiente sobre
esa nina, y procurare disipar en su
alma generosa toda prevencion
contra usted. En cuanto yo
[5] le diga dos palabras....
Pepe Rey sintio que
por su pensamiento pasaba una nube
y dijo con intencion:
—Tal vez no sea preciso.
—No le hablo
ahora—anadio el capitular,—porque
[10] esta embelesada oyendo las tonterias de Jacintillo....
iDemonches de chicos!
Cuando pegan la hebra, hay que dejarles.
De pronto se presentaron
en la tertulia el juez de primera
instancia, la senora
del alcalde y el dean de la catedral.
Todos saludaron al ingeniero,
demostrando en sus palabras
[15] y actitudes que satisfacian, al verle, la mas
viva curiosidad.
El juez era un mozalvete
despabilado, de estos que todos
los dias aparecen en
los criaderos de eminencias, aspirando
recien empollados a
los primeros puestos de la
administracion y de
la politica. Dabase suma importancia, y
[20] hablanco de si mismo y de su juvenil toga, parecia
manifestar
indirectamente gran
enojo, porque no le hubieran hecho de golpe
y porrazo presidente
del Tribunal Supremo. En aquellas
manos inexpertas, en
aquel cerebro henchido de viento, en
aquella presuncion ridicula
habia puesto el Estado las
[25] funciones mas delicadas y mas dificiles de la
humana
justicia. Sus maneras
eran de perfecto cortesano, y revelaba
escrupuloso y detallado
esmero en todo lo concerniente a su
persona. Tenia
la maldita mania de estarse quitando y
poniendo a cada instante
los lentes de oro, y en su
[30] conversacion frecuentemente indicaba el empeno
de ser transladado
pronto a Madriz,
para prestar sus imprescindibles servicios
en la secretaria de
Gracia y Justicia.
La senora del alcalde
era una dama bonachona, sin otra
flaqueza que suponerse
muy relacionada en la Corte. Dirigio
a Pepe Rey diversas
preguntas sobre modas, citando establecimientos
industriales donde le
habian hecho una manteleta 69
o una falda en su ultimo
viaje, coetaneo de la visita
de Muley-Abbas, y tambien
nombro a una docena de duquesas
[5] y marquesas, tratandolas con tanta familiaridad
como
a amiguitas de escuela.
Dijo tambien que la condesa de
M. (por sus tertulias
famosa) era amiga suya, y que el 60
estuvo a visitarla,
y la condesa la convido a su palco en el
Real, donde vio a Muley-Abbas
en traje de moro, acompanado
[10] de toda su moreria. La alcaldesa hablaba
por los
codos, como suele decirse,
y no carecia de chiste.


