—Pues no
es mas—anadio la senora,—sino
que cuando
vuelvas a visitar nuestra
hermosa catedral procures estar en
ella con un poco mas
de recogimiento.
[10] —Pues ?que he hecho yo?
—No extrano
que tu mismo no conozcas tu falta—indico
la senora con aparente
jovialidad.—Es natural; acostumbrado
a entrar con la mayor
desenvoltura en los ateneos,
clubs, academias y congresos,
crees que de la misma manera
[15] se puede entrar en un templo donde esta la Divina
Majestad.
—Pero senora,
dispenseme usted—dijo Pepe, con gravedad.—Yo
he entrado en la catedral
con la mayor compostura.
—Si no te
rino, hombre, si no te rino. No lo tomes asi,
[20] porque tendre que callarme. Senores, disculpen
ustedes a
mi sobrino. No
es de extranar un descuidillo, una distraccion...
?Cuantos anos hace que
no pones los pies en
lugar sagrado?
—Senora,
yo juro a usted... Pero en fin, mis ideas
[25] religiosas podran ser lo que se quiera; pero
acostumbro
guardar la mayor compostura
dentro de la iglesia.
—Lo que yo
aseguro... vamos, si te has de ofender,
no sigo... lo que aseguro
es que muchas personas lo
notaron esta manana.
Notaronlo los senores de Gonzalez,
[30] dona Robustiana, Serafinita, en fin... con decirte
que
llamaste la atencion
del senor obispo... Su Ilustrisima
me dio las quejas esta
tarde en casa de mis primas. Dijome
que no te mando plantar
en la calle porque le dijeron que
eras sobrino mio.
Rosario contemplaba
con angustia el rostro de su primo, 57
procurando adivinar
sus contestaciones antes que las diera.
—Sin duda me han tomado por otro.
—No... no...
fuiste tu... Pero no vayas a ofenderte,
[5] que aqui estamos entre amigos y personas de confianza.
Fuiste tu, yo misma
te vi.
—iUsted!
—Justamente.
?Negaras que te pusiste a examinar las
pinturas, pasando por
un grupo de fieles que estaban oyendo
[10] misa?... Te juro que me distraje de tal
modo con tus
idas y venidas, que...
Vamos... es preciso que no lo
vuelvas a hacer.
Luego entraste en la capilla de San Gregorio;
alzaron en el altar
mayor y ni siquiera te volviste
para hacer una demostracion
de religiosidad. Despues
[15] atravesaste de largo a largo la iglesia, te acercaste
al sepulcro
del Adelantado, pusiste
las manos sobre el altar, pasaste
en seguida otra vez
por entre el grupo de los fieles, llamando
la atencion. Todas
las muchachas te miraban y tu parecias
satisfecho de perturbar
tan lindamente la devocion y ejemplaridad
[20] de aquella buena gente.
—iDios mio!
iTodo lo que he hecho!...—exclamo
Pepe, entre enojado
y risueno.—Soy un monstruo y ni
siquiera lo sospechaba.


