cual pienso pasar un rato divertido? No. Eres mi prima. 49
Eres algo mas.... Rosario, pongamos de una vez las
cosas en su verdadero lugar. Fuera rodeos. Yo he venido
aqui a casarme contigo.
[5] Rosario sintio que su rostro se abrasaba y el
corazon no
le cabia en el pecho.
—Mira, querida
prima—anadio el joven,—te juro
que
si no me hubieras gustado,
ya estaria lejos de aqui.
Aunque la cortesia y
la delicadeza me habrian obligado a hacer
[10] esfuerzos, no me hubiera sido facil disimular
mi desengano.
Yo soy asi.
—Primo, casi
acabas de llegar—dijo laconicamente
Rosarito, esforzandose
en reir.
—Acabo de
llegar y ya se todo lo que tenia que saber;
[15] se que te quiero; que eres la mujer que desde
hace tiempo
me esta anunciando el
corazon, diciendome noche y dia...
“ya viene, ya
esta cerca; que te quemas.”
Esta frase sirvio de
pretexto a Rosario para soltar la risa
que en sus labios retozaba.
Su espiritu se desvanecia
[20] alborozado en una atmosfera de jubilo.
—Tu te empenas
en que no vales nada—continuo Pepe,—y
eres una maravilla.
Tienes la cualidad admirable de
estar a todas horas
proyectando sobre cuanto te rodea la
divina luz de tu alma.
Desde que se te ve, desde que se te
[25] mira, los nobles sentimientos y la pureza de
tu corazon
se manifiestan.
Viendote, se ve una vida celeste que por
descuido de Dios esta
en la tierra; eres un angel y yo te
adoro como un tonto.
Al decir esto, parecia
haber desempenado una grave
[30] mision. Rosarito viose de subito dominada
por tan viva
sensibilidad, que la
escasa energia de su cuerpo no pudo
corresponder a la excitacion
de su espiritu, y desfalleciendo,
dejose caer sobre una
piedra que hacia las veces de asiento
en aquellos amenos lugares.
Pepe se inclino hacia ella.
Noto que cerraba los
ojos, apoyando la frente en la palma 50
de la mano. Poco
despues, la hija de dona Perfecta
Polentinos dirigia a
su primo, entre dulces lagrimas, una mirada
tierna, seguida de estas
palabras:
[5] —Te quiero desde antes de conocerte.
Apoyadas sus manos en
las del joven, se levanto, y sus
cuerpos desaparecieron
entre las frondosas ramas de un
paseo de adelfas.
Caia la tarde, y una dulce sombra se
extendia por la parte
baja de la huerta, mientras el ultimo
[10] rayo del sol poniente coronaba de varios resplandores
las
cimas de los arboles.
La ruidosa republica de pajarillos
armaba espantosa algarabia
en las ramas superiores. Era
la hora en que, despues
de corretear por la alegre
inmensidad de los cielos,


