—Gracias—repuso
el presbitero visiblemente
contrariado.—?Ahora
salimos con esa? Bien se yo, bien
sabemos todos que las
ideas que usted ha sustentado son las
suyas. No podia
ser de otra manera. Usted es el hombre
[10] del siglo. No puede negarse que su entendimiento
es prodigioso,
verdaderamente prodigioso.
Mientras usted
hablaba, yo, lo confieso
ingenuamente, al mismo tiempo que en
mi interior deploraba
error tan grande, no podia menos de
admirar lo sublime de
la expresion, la prodigiosa facundia,
[15] el metodo sorprendente de su raciocinio, la fuerza
de los
argumentos.... iQue
cabeza, senora dona Perfecta, que
cabeza la de este joven
sobrino de usted! Cuando estuve
en Madrid y me llevaron
al Ateneo, confieso que me quede
absorto al ver el asombroso
ingenio que Dios ha dado a los
[20] ateos y protestantes.
—Sr.
D. Inocencio—dijo dona Perfecta, mirando
alternativamente a su
sobrino y a su amigo,—creo que usted al
juzgar a este chico,
traspasa los limites de la benevolencia....
No te enfades, Pepe,
ni hagas caso de lo que digo,
[25] porque yo ni soy sabia ni filosofa, ni teologa;
pero me
parece que el senor
D. Inocencio acaba de dar una prueba
de su gran modestia
y caridad cristiana, negandose a
apabullarte, como podia
hacerlo, si hubiese querido.
—iSenora, por Dios!—dijo el eclesiastico.
[30] —El es asi—anadio la senora.—Siempre
haciendose la
mosquita muerta....
Y sabe mas que los siete doctores.
iAy, Sr. D. Inocencio,
que bien le sienta a usted el nombre
que tiene! Pero
no se nos venga aca con humildades
importunas. Si
mi sobrino no tiene pretensiones.... Si
el sabe lo que le han
ensenado y nada mas.... Si ha 41
aprendido el error,
?que mas puede desear sino que usted
le ilustre y le saque
del infierno de sus falsas doctrinas?
—Justamente,
no deseo otra cosa, sino que el senor
[5] Penitenciario me saque....—murmuro
Pepe,
comprendiendo que, sin
quererlo, se habia metido en un laberinto.
—Yo soy un
pobre clerigo que no sabe mas que la ciencia
antigua—repuso
D. Inocencio.—Reconozco el inmenso
valor cientifico mundano
del Sr. D. Jose, y ante tan brillante
[10] oraculo, callo y me postro.
Diciendo esto, el canonigo
cruzaba ambas manos sobre
el pecho, inclinando
la cabeza. Pepe Rey estaba un si es
no es turbado a causa
del giro que diera su tia a una vana
disputa festiva en la
que tomo parte tan solo por acalorar
[15] un poco la conversacion. Creyo lo mas prudente
poner
punto en tan peligroso
tratado, y con este fin dirigio una
pregunta al Sr.
D. Cayetano, cuando este, despertando del
vaporoso letargo que
tras los postres le sobrevino, ofrecia a
los comensales los indispensables
palillos clavados en un
[20] pavo de porcelana que hacia la rueda.


