[15] —?Y que le parece al Sr. D. Jose
nuestra querida ciudad
de Orbajosa?—pregunto
el canonigo, cerrando fuertemente
el ojo izquierdo, segun
su costumbre mientras fumaba.
—Todavia
no he podido formar idea de este pueblo—dijo
Pepe.—Por
lo poco que he visto, me parece que no le
[20] vendrian mal a Orbajosa media docena de grandes
capitales
dispuestos a emplearse
aqui, un par de cabezas inteligentes
que dirigieran la renovacion
de este pais y algunos miles
de manos activas.
Desde la entrada del pueblo hasta la
puerta de esta casa
he visto mas de cien mendigos. La
[25] mayor parte son hombres sanos y aun robustos.
Es un
ejercito lastimoso,
cuya vista oprime el corazon.
—–Para eso esta la caridad—afirmo don Inocencio.—Por
lo demas, Orbajosa no
es un pueblo miserable. Ya sabe
usted que aqui se producen
los primeros ajos de toda Espana.
[30] Pasan de veinte las familias ricas que viven
entre nosotros.
—Verdad es—indico dona Perfecta—que los ultimos anos han sido detestables a causa de la seca; pero aun asi las paneras no estan vacias, y se han llevado ultimamente al mercado muchos miles de ristras de ajos.
—En tantos
anos que llevo de residencia en Orbajosa—dijo
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el clerigo, frunciendo
el ceno—he visto llegar aqui
innumerables personajes
de la Corte, traidos unos por la
gresca electoral, otros
por visitar algun abandonado terruno
[5] o ver las antigueedades de la catedral, y todos
entran
hablandonos de arados
ingleses, de trilladoras mecanicas, de
saltos de aguas, de
bancos y que se yo cuantas majaderias.
El estribillo es que
esto es muy malo y que podia ser mejor.
Vayanse con mil demonios,
que aqui estamos muy bien sin
[10] que los senores de la Corte nos visiten, mucho
mejor sin oir
ese continuo clamoreo
de nuestra pobreza y de las grandezas
y maravillas de otras
partes. Mas sabe el loco en su casa
que el cuerdo en la
ajena, ?no es verdad, Sr. D. Jose? Por
supuesto, no se crea
ni remotamente que lo digo por usted.
[15] De ninguna manera. Pues no faltaba mas.
Ya se que
tenemos delante a uno
de los jovenes mas eminentes de la
Espana moderna, a un
hombre que seria capaz de transformar
en riquisimas comarcas
nuestras aridas estepas....
Ni me incomodo porque
usted me cante la vieja cancion de
[20] los arados ingleses y la arboricultura y la selvicultura....
Nada de eso; a hombres
de tanto, de tantisimo talento, se
les puede dispensar
el desprecio que muestran hacia nuestra
humildad. Nada,
amigo mio, nada, Sr. D. Jose, esta usted
autorizado para todo,
incluso para decirnos que somos poco
[25] menos que cafres.


