Doña Perfecta eBook

This eBook from the Gutenberg Project consists of approximately 512 pages of information about Doña Perfecta.

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—­Me parece que estoy mirando a mi querido hermano Juan.  Se sentaba como te sientas tu y comia lo mismo que tu.  En el modo de mirar sobre todo sois como dos gotas de agua.

     Pepe la emprendio con el frugal desayuno.  Las expresiones, 29
     asi como la actitud y las miradas de su tia y prima, le
     infundian tal confianza, que se creia ya en su propia casa.

     —?Sabes lo que me decia Rosario esta manana?—­indico
[5] dona Perfecta, fija la vista en su sobrino,—­Pues me decia
     que tu, como hombre hecho a las pompas y etiquetas de la
     corte y a las modas del extranjero, no podras soportar esta
     sencillez un poco rustica con que vivimos y esta falta de
     buen tono, pues aqui todo es a la pata la llana.

[10] —­iQue error!—­repuso Pepe, mirando a su prima.—­Nadie
     aborrece mas que yo las falsedades y comedias de lo
     que llaman alta sociedad.  Crean ustedes que hace tiempo
     deseo darme, como decia no se quien, un bano de cuerpo
     entero en la Naturaleza; vivir lejos del bullicio, en la soledad
[15] y sosiego del campo.  Anhelo la tranquilidad de una
     vida sin luchas, sin afanes, ni envidioso ni envidiado, como
     dijo el poeta.  Durante mucho tiempo, mis estudios primero
     y mis trabajos despues, me han impedido el descanso que
     necesito y que reclaman mi espiritu y mi cuerpo; pero
[20] desde que entre en esta casa, querida tia, querida prima, me
     he sentido rodeado de la atmosfera de paz que deseo.  No
     hay que hablarme, pues, de sociedades altas ni bajas, ni de
     mundos grandes ni chicos, porque de buen grado los cambio
     todos por este rincon.

[25] Esto decia, cuando los cristales de la puerta que comunicaba
     el comedor con la huerta se obscurecieron por la
     superposicion de una larga opacidad negra.  Los vidrios
     de unos espejuelos despidieron, heridos por la luz de sol,
     fugitivo rayo; rechino el picaporte, abriose la puerta, y el
[30] senor Penitenciario penetro con gravedad en la estancia. 
     Saludo y se inclino, quitandose la canaleja hasta tocar con
     el ala de ella al suelo.

—­Es el senor Penitenciario de esta Santa Catedral—­dijo dona Perfecta,—­persona a quien estimamos mucho y de quien espero seras amigo.  Sientese usted, Sr.  D. 30 Inocencio.

     Pepe estrecho la mano del venerable canonigo, y ambos
     se sentaron.

[5] —­Pepe, si acostumbras fumar despues de comer, no
     dejes de hacerlo—­manifesto benevolamente dona Perfecta,—­ni
     el senor Penitenciario tampoco.

     A la sazon el buen D. Inocencio sacaba de debajo de la
     sotana una gran petaca de cuero, marcada con irrecusables
[10] senales de antiquisimo uso, y la abrio, desenvainando de
     ella dos largos pitillos, uno de los cuales ofrecio a nuestro
     amigo.  De un cartoncejo que ironicamente llaman los
     espanoles wagon, saco Rosario un fosforo, y bien pronto
     ingeniero y canonigo echaban su humo el uno sobre el otro.

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