—Me parece que estoy mirando a mi querido hermano Juan. Se sentaba como te sientas tu y comia lo mismo que tu. En el modo de mirar sobre todo sois como dos gotas de agua.
Pepe la emprendio con
el frugal desayuno. Las expresiones, 29
asi como la actitud
y las miradas de su tia y prima, le
infundian tal confianza,
que se creia ya en su propia casa.
—?Sabes lo que
me decia Rosario esta manana?—indico
[5] dona Perfecta, fija la vista en su sobrino,—Pues
me decia
que tu, como hombre
hecho a las pompas y etiquetas de la
corte y a las modas
del extranjero, no podras soportar esta
sencillez un poco rustica
con que vivimos y esta falta de
buen tono, pues aqui
todo es a la pata la llana.
[10] —iQue error!—repuso Pepe,
mirando a su prima.—Nadie
aborrece mas que yo
las falsedades y comedias de lo
que llaman alta sociedad.
Crean ustedes que hace tiempo
deseo darme, como decia
no se quien, un bano de cuerpo
entero en la Naturaleza;
vivir lejos del bullicio, en la soledad
[15] y sosiego del campo. Anhelo la tranquilidad
de una
vida sin luchas, sin
afanes, ni envidioso ni envidiado, como
dijo el poeta.
Durante mucho tiempo, mis estudios primero
y mis trabajos despues,
me han impedido el descanso que
necesito y que reclaman
mi espiritu y mi cuerpo; pero
[20] desde que entre en esta casa, querida tia, querida
prima, me
he sentido rodeado de
la atmosfera de paz que deseo. No
hay que hablarme, pues,
de sociedades altas ni bajas, ni de
mundos grandes ni chicos,
porque de buen grado los cambio
todos por este rincon.
[25] Esto decia, cuando los cristales de la puerta
que comunicaba
el comedor con la huerta
se obscurecieron por la
superposicion de una
larga opacidad negra. Los vidrios
de unos espejuelos despidieron,
heridos por la luz de sol,
fugitivo rayo; rechino
el picaporte, abriose la puerta, y el
[30] senor Penitenciario penetro con gravedad en la
estancia.
Saludo y se inclino,
quitandose la canaleja hasta tocar con
el ala de ella al suelo.
—Es el senor Penitenciario de esta Santa Catedral—dijo dona Perfecta,—persona a quien estimamos mucho y de quien espero seras amigo. Sientese usted, Sr. D. 30 Inocencio.
Pepe estrecho la mano
del venerable canonigo, y ambos
se sentaron.
[5] —Pepe, si acostumbras fumar despues
de comer, no
dejes de hacerlo—manifesto
benevolamente dona Perfecta,—ni
el senor Penitenciario
tampoco.
A la sazon el buen D.
Inocencio sacaba de debajo de la
sotana una gran petaca
de cuero, marcada con irrecusables
[10] senales de antiquisimo uso, y la abrio, desenvainando
de
ella dos largos pitillos,
uno de los cuales ofrecio a nuestro
amigo. De un cartoncejo
que ironicamente llaman los
espanoles wagon,
saco Rosario un fosforo, y bien pronto
ingeniero y canonigo
echaban su humo el uno sobre el otro.


