esos retruecanos del pensamiento con que se divierten algunas
inteligencias impregnadas de gongorismo; y para volver
por los fueros de la realidad, Pepe Rey solia emplear a
veces, no siempre con comedimiento, las armas de la burla.
[30] Esto casi era un defecto a los ojos de gran numero de personas
que le estimaban, porque nuestro joven aparecia un
poco irrespetuoso en presencia de multitud de hechos comunes
en el mundo y admitidos por todos. Fuerza es decirlo,
aunque se amenguee su prestigio: Rey no conocia la dulce
tolerancia del condescendiente siglo que ha inventado singulares 23
velos de lenguaje y de hechos para cubrir lo que a los
vulgares ojos pudiera ser desagradable.
Asi, y no de otra manera,
por mas que digan calumniadoras
[5] lenguas, era el hombre a quien el tio Licurgo
introdujo
en Orbajosa en la hora
y punto en que la campana de
la catedral tocaba a
misa mayor. Luego que uno y otro,
atisbando por encima
de los bardales, vieron a la nina y al
Penitenciario y la veloz
corrida de aquella hacia la casa,
[10] picaron sus caballerias para entrar en la calle
Real, donde
gran numero de vagos
se detenian para mirar al viajero
como extrano huesped
intruso de la patriarcal ciudad. Torciendo
luego a la derecha,
en direccion a la catedral, cuya
corpulenta fabrica dominaba
todo el pueblo, tomaron la calle
[15] del Condestable, en la cual, por ser estrecha
y empedrada,
retumbaban con estridente
sonsonete las herraduras, alarmando
al vecindario, que por
ventanas y balcones se mostraba
para satisfacer su curiosidad.
Abrianse con singular chasquido
las celosias, y caras
diversas, casi todas de hembra,
[20] asomaban arriba y abajo. Cuando Pepe Rey
llego al arquitectonico
umbral de la casa de
Polentinos, ya se habian
hecho multitud de comentarios
diversos sobre su figura.
IV
=La llegada del primo=
EL senor Penitenciario, cuando
Rosarito se separo bruscamente
de el, miro a los bardales, y viendo las cabezas
del
[25] tio Licurgo y de su companero de viaje, dijo
para si:
—Vamos, ya esta ahi ese prodigio.
Quedose un rato meditabundo, sosteniendo
el manteo con
ambas manos cruzadas sobre el abdomen, fija la
vista en el
suelo, con los anteojos de oro deslizandose suavemente
hacia la punta de la nariz, saliente y humedo
el labio 24
inferior, y un poco fruncidas las blanquinegras
cejas. Era
un santo varon piadoso y de no comun saber, de
intachables
costumbres clericales, algo mas de sexagenario,
de afable
[5] trato, fino y comedido, gran repartidor de consejos
y advertencias
a hombres y mujeres. Desde luengos anos
era
maestro de latinidad y retorica en el Instituto,


