—Pues me marchare.
[15] —Menos. Yo te ensenare los deberes
de hija que has
olvidado.
—Pues huire; el me llevara consigo.
—?Te lo ha dicho,
te lo ha aconsejado, te lo ha mandado?
—pregunto
la madre, lanzando estas palabras como rayos
[20] sobre su hija.
—Me lo aconseja... Hemos concertado casarnos. Es preciso, mama, mama mia querida. Yo la amare a usted ... Conozco que debo amarla... Me condenare si no la amo.
[25] Se retorcia los brazos, y cayendo de rodillas,
beso los
pies a su madre.
—iRosario,
Rosario!—exclamo dona Perfecta con terrible
acento.—Levantate.
Hubo una pequena pausa.
[30] —?Ese hombre, te ha escrito?
—Si.
—?Le has vuelto a ver despues de aquella noche?
—Si.
—iY tu!...
—Yo tambien...
iOh! senora. ?Por que me mira 218
usted asi? Usted
no es mi madre.
—Ojala no.
Gozate en el dano que me haces. Me
matas, me matas sin
remedio—grito la senora con indecible
[5] agitacion.—Dices que ese hombre...
—Es mi esposo... Yo sere suya, protegida por la ley ... Usted no es mujer... ?Por que me mira usted de ese modo que me hace temblar? Madre, madre mia, no me condene usted.
[10] —Ya tu te has condenado; basta.
Obedeceme y te perdonare
... Responde:
?cuando recibiste cartas de ese
hombre?
—Hoy.
—iQue traicion! iQue infamia!—exclamo la madre, [15] antes bien rugiendo que hablando.—?Esperabais veros?
—Si.
—?Cuando?
—Esta noche.
—?Donde?
[20] —Aqui, aqui. Todo lo confieso,
todo. Se que es un
delito... Soy una
infame; pero usted, que es mi madre,
me sacara de este infierno.
Consienta usted... Digame
usted una palabra, una
sola.
—iEse hombre
aqui, en mi casa!—grito dona Perfecta,
[25] dando algunos pasos que parecian saltos hacia
el centro de
la habitacion.
Rosario la siguio de
rodillas. En el mismo instante oyeronse
tres golpes, tres estampidos,
tres canonazos. Era el
corazon de Maria Remedios
que tocaba a la puerta, agitando
[30] la aldaba. La casa se estremecia con temblor
pavoroso.
Madre e hija se quedaron
como estatuas.
Bajo a abrir un criado, y poco despues en la habitacion de dona Perfecta entro Maria Remedios, que no era mujer, sino un basilisco envuelto en un manton. Su rostro, encendido 219 por la ansiedad, despedia fuego.
—–Ahi esta, ahi esta—dijo al entrar.—Se
ha metido en
la huerta por la puertecilla
condenada...
[5] Tomaba aliento a cada silaba.


