echemos humos, siempre sera usted el hijo del tio Tinieblas,
[5] el sacristan de San Bernardo... y yo no sere nunca mas
que la hija de Ildefonso Tinieblas, su hermano de usted, el
que vendia pucheros, y mi hijo sera el nieto de los Tinieblas
... que tenemos un tenebrario en nuestra casta, y
nunca saldremos de la obscuridad, ni poseeremos un pedazo
[10] de terruno donde decir: “esto es mio,” ni trasquilaremos
una oveja propia, ni ordenaremos jamas una cabra propia, ni
metere mis manos hasta el codo en un saco de trigo trillado
y aventado en nuestras eras... todo esto a causa de su poco
animo de usted, de su boberia y corazon amerengado....
[15] —iPero... pero mujer!
Subia mas de tono el
canonigo cada vez que repetia esta
frase, y puestas las
manos en los oidos, sacudia a un lado y
otro la cabeza con doloroso
ademan de desesperacion. La
chillona cantinela de
Maria Remedios era cada vez mas
[20] aguda, y penetraba en el cerebro del infeliz
y ya aturdido
clerigo como una saeta.
Pero de repente transformose el
rostro de aquella mujer,
mudaronse los planideros sollozos
en una voz bronca y
dura, palidecio su rostro, temblaron sus
labios, cerraronse sus
punos, cayeronle sobre la frente algunas
[25] guedejas del desordenado cabello, secaronse por
completo
sus ojos al calor de
la ira que bramaba en su pecho,
levantose del asiento,
y no como una mujer, sino como una
harpia, grito de este
modo:
—iYo me voy
de aqui, yo me voy con mi hijo!...
[30] Nos iremos a Madrid; no quiero que mi hijo se
pudra en
este poblachon.
Estoy cansada de ver que mi hijo, al amparo
de la sotana, no es
ni sera nunca nada. ?Lo oye usted,
senor tio? iMi hijo
y yo nos vamos! Usted no nos vera
nunca mas; pero nunca
mas.
Don Inocencio habia
cruzado las manos y recibia los furibundos 197
rayos de su sobrina
con la consternacion de un reo
a quien la presencia
del verdugo quita ya toda esperanza.
—Por Dios, Remedios—murmuro con voz dolorida,—por [5] la Virgen Santisima....
Aquellas crisis y horribles erupciones del manso caracter de la sobrina eran tan fuertes como raras, y se pasaban a veces cinco o seis anos sin que D. Inocencio viera a Remedios convertirse en una furia.
[10] —iSoy madre!... iSoy madre!... y puesto
que
nadie mira por mi hijo,
mirare yo, yo misma—rugio la
improvisada leona.
—Por Maria
Santisima, mujer, no te arrebates... Mira
que estas pecando...
Recemos un Padre nuestro y un
[15] Ave Maria, y veras como se te pasa eso.
Diciendo esto, el Penitenciario
temblaba y sudaba. iPobre
pollo en las garras
del buitre! La mujer transformada
acabo de estrujarle
con estas palabras:


