—Sobrina—dijo
D. Inocencio grave y sentenciosamente,—cuando
ha habido cosas mayores,
los caprichillos no se
[30] llaman caprichillos, sino de otra manera.
—Tio, usted no sabe lo que dice—repuso la sobrina, cuyo rostro se inflamo subitamente.—Pues que, ?sera usted capaz de suponer en Rosarito?... ique atrocidad! Yo la defiendo, si, la defiendo... Es pura como un angel.... Vamos, tio, con esas cosas se me suben los colores a la cara 192 y me pone usted soberbia.
Al decir esto, el semblante
del buen clerigo se cubria de
una sombra de tristeza,
que en apariencia le envejecia diez
[5] anos.
—Querida
Remedios—anadio.—Hemos hecho
todo lo
humanamente posible
y todo lo que en conciencia podia y
debia hacerse.
Nada mas natural que nuestro deseo de ver
a Jacintillo emparentado
con esa gran familia, la primera
[10] de Orbajosa; nada mas natural que nuestro deseo
de verle
dueno de las siete casas
del pueblo, de la dehesa de Mundogrande,
de las tres huertas
del cortijo de Arriba, de la Encomienda,
y demas predios urbanos
y rusticos que posee esa
nina. Tu hijo vale
mucho, bien lo saben todos. Rosarito
[15] gustaba de el y el de Rosarito. Parecia
cosa hecha. La
misma senora, sin entusiasmarse
mucho, a causa sin duda
de nuestro origen, parecia
bien dispuesta a ello, a causa de
lo mucho que me estima
y venera, como a confesor y amigo...
Pero de repente se presenta
ese malhadado joven.
[20] La senora me dice que tiene un compromiso con
su hermano
y que no se atreve a
rechazar la proposicion por este hecha.
iConflicto grave!
Pero ?que hago yo en vista de esto?
iAy! no lo sabes tu
bien. Yo te soy franco: si hubiera
visto en el Sr. de Rey
un hombre de buenos principios,
[25] capaz de hacer feliz a Rosario, no habria intervenido
en el
asunto; pero el tal
joven me parecio una calamidad, y como
director espiritual
de la casa debi tomar cartas en el asunto
y las tome. Ya
sabes que le puse la proa, como vulgarmente
se dice. Desenmascare
sus vicios; descubri su
[30] ateismo; puse a la vista de todo el mundo la
podredumbre de
aquel corazon materializado,
y la senora se convencio de
que entregaba a su hija
al vicio... iAy! que afanes
pase. La senora
vacilaba; yo fortalecia su animo indeciso;
aconsejabale los medios
licitos que debia emplear contra el
sobrinejo para alejarle
sin escandalo; sugeriale ideas
ingeniosas, y como ella
me mostraba a menudo su pura conciencia 193
llena de alarmas, yo
la tranquilizaba demarcando hasta
que punto eran licitas
las batallas que librabamos contra
[5] aquel fiero enemigo. Jamas aconseje medios
violentos
ni sanguinarios, ni
atrocidades de mal genero, sino sutiles


