—Si, al momento...
?Registraran mi casa esos
bandidos?
—Quizas.
Senora, estamos en un dia nefasto—dijo D.
[10] Inocencio con solemne y conmovido acento.—iDios
se
apiade de nosotros!
—En mi casa
tengo media docena de hombres muy bien
armados—repuso
la dama, vivamente alterada. iQue
iniquidad! ?Seran capaces
de querer llevarselos tambien?...
[15] —De seguro el Sr. Pinzon no se
habra descuidado en
denunciarlos. Senora,
repito que estamos en un dia nefasto.
Pero Dios amparara la
inocencia.
—Me voy. No deje usted de pasar por alla.
—Senora,
en cuanto despache la clase... y me figuro
[20] que con la alarma que hay en el pueblo, todos
los chicos
haran novillos hoy;
pero haya o no clase, ire despues por
alla... No quiero
que salga usted sola, senora. Andan
por las calles esos
zanganos de soldados con unos humos...
iJacinto, Jacinto!
[25] —No es preciso. Me marchare sola.
—Que vaya
Jacinto—dijo la madre de este.—Ya
debe
estar levantado.
Sintieronse los precipitados
pasos del doctorcillo que
bajaba a toda prisa
la escalera del piso alto. Venia con el
[30] rostro encendido, fatigado el aliento.
—?Que hay?—le pregunto su tio.
—En casa
de las Troyas—dijo el jovenzuelo,—en
casa
de esas... pues....
—Acaba de una vez.
—Esta Caballuco. 184
—?Alla arriba?... ?En casa de las Troyas?
—Si, senor...
Me ha hablado desde el terrado, y me
ha dicho que esta temiendo
le vayan a coger alli.
[5] —iOh, que bestia!... Ese majadero
se va a dejar
prender—exclamo
dona Perfecta, hiriendo el suelo con el
inquieto pie.
—Quiere bajar aqui y que le escondamos en casa.
—?Aqui?
[10] Canonigo y sobrina se miraron.
—iQue baje!—dijo
dona Perfecta con vehemente
frase.
—?Aqui?—repitio
D. Inocencio poniendo cara de mal
humor.
[15] —Aqui—contesto la senora.—No
conozco casa donde
pueda estar mas seguro.
—Puede saltar
facilmente por la ventana de mi cuarto—dijo
Jacinto.
—Pues si es indispensable....
[20] —Maria Remedios—dijo la
senora.—Si nos cogen a
este hombre, todo se
ha perdido.
—Tonta y
simple soy—repuso la sobrina del canonigo,
poniendose la mano en
el pecho y ahogando el suspiro que
sin duda iba a salir
al publico;—pero no le cogeran.
[25] La senora salio rapidamente, y poco despues el
Centauro
se arrellanaba en la
butaca donde el Sr. D. Inocencio solia
sentarse a escribir
sus sermones.


