[15] —Si, riete ahora, bestia. No
es mi sobrino solo quien
ha de cometer todos
esos desafueros que has mencionado y
que yo temo; pues si
fuese el solo no le temeria.
Mandaria a Librada que
se pusiera en la puerta con una escoba
... y bastaba....
No es el solo, no.
[20] —?Pues quien?
—Hazte el
borrico. ?No sabes tu que mi sobrino y el
brigadier que manda
esa condenada tropa se han
confabulado?...
—iConfabulado!—exclamo Caballuco demostrando no [25] entender la palabra.
—Que estan
de compinche—dijo Licurgo.—Fabulearse
quiere decir estar de
compinche. Ya me barruntaba yo lo
que dice la senora.
—Todo se
reduce a que el brigadier y los oficiales son
[30] una y carne de D. Jose, y lo que el quiera lo
quieren esos
soldadotes, y esos soldadotes
haran toda clase de atropellos
y barbaridades, porque
ese es su oficio.
—Y no tenemos alcalde que nos ampare.
—Ni juez.
—Ni gobernador.
Es decir, que estamos a merced de 158
esa infame gentuza.
—Ayer—dijo
Vejarruco,—unos soldados se llevaron
enganada a la hija mas
chica del tio Julian, y la pobre no
[5] se atrevio a volver a su casa; mas la encontraron
llorando
y descalza junto a la
fuentecilla vieja, recogiendo los
pedazos de la cantara
rota.
—iPobre D.
Gregorio Palomeque! el escribano de
Naharilla Alta—dijo
Frasquito.—Estos pillos le robaron todo
[10] el dinero que tenia en su casa. Pero el
brigadier, cuando
se lo contaron, contesto
que era mentira.
—Tiranos,
mas tiranos no nacieron de madre—manifesto
el otro.—iCuando
digo que por punto no estoy con
los Aceros!...
[15] —?Y que se sabe de Francisco Acero?—pregunto
mansamente dona Perfecta.—Sentiria
que le ocurriera algun
percance. Digame
usted, D. Inocencio, ?Francisco Acero
no nacio en Orbajosa?
—No; el y su hermano son de Villajuan.
[20] —Lo siento por Orbajosa—dijo
dona Perfecta.—Esta
pobre ciudad ha entrado
en desgracia. ?Sabe usted si
Francisco Acero dio
palabra al gobernador de no molestar
a los pobres soldaditos
en sus robos de doncellas, en sus
irreligiosidades, en
sus sacrilegios, en sus infames felonias?
[25] Caballuco dio un salto. Ya no se sentia
punzado, sino
herido por atroz sablazo.
Encendido el rostro y con los
ojos llenos de fuego,
grito de este modo:
—Yo di mi
palabra al gobernador, porque el gobernador
me dijo que venian con
buen fin.
[30] —Barbaro, no grites. Habla como
la gente y te
escucharemos.


