—iInsultada...
insultada una senora por ese!...—exclamo
Caballuco.—Vamos,
no puede ser.
—Si usted
no tuviera ocupaciones... ibah, bah! ya
estaria yo tranquilo.
[30] —Ocupaciones tengo—dijo
el Centauro levantandose
de la mesa;—pero
si es empeno de usted....
Hubo una pausa.
El Penitenciario habia cerrado los
ojos y meditaba.
—Empeno mio es, Sr. Ramos—dijo al fin.
—Pues no hay mas que hablar. Iremos, senora dona Maria. 204
—Ahora, querida
sobrina—– dijo D. Inocencio entre
serio
y jovial,—puesto
que hemos concluido de cenar, traeme la
jofaina.
[5] Dirigio a su sobrina una mirada penetrante, y
acompanandolas
de la accion correspondiente,
profirio estas palabras:
—Yo me lavo las manos.
XXVIII
De Pepe Rey a D. Juan Rey
Orbajosa 12 de Abril.
“Querido padre: perdoneme
usted si por primera vez le
desobedezco no saliendo de aqui, ni renunciando
a mi proposito.
[10] El consejo y ruego de usted son propios de un
padre bondadoso y honrado: mi terquedad
es propia de un
hijo insensato; pero en mi pasa una cosa singular;
terquedad
y honor se han juntado y confundido de tal modo,
que
la idea de disuadirme y ceder me causa vergueenza.
He
[15] cambiado mucho. Yo no conocia estos furores
que me
abrasan. Antes me reia de toda obra violenta,
de las exageraciones
de los hombres impetuosos, como de las brutalidades
de los malvados. Ya nada de esto me asombra,
porque
en mi mismo encuentro a todas horas cierta capacidad
[20] terrible para la perversidad. A usted puedo
hablarle como
se habla a solas con Dios y con la conciencia;
a usted
puedo decirle que soy un miserable, porque es
un miserable
quien carece de aquella poderosa fuerza moral
contra si
mismo, que castiga las pasiones y somete la vida
al duro
[25] regimen de la conciencia. He carecido de
la entereza cristiana
que contiene el espiritu del hombre ofendido
en un
hermoso estado de elevacion sobre las ofensas
que recibe y
los enemigos que se las hacen; he tenido la debilidad
de
abandonarme a una ira loca, poniendome al bajo
nivel de 205
mis detractores, devolviendoles golpes iguales
a los suyos, y
tratando de confundirles por medios aprendidos
en su propia
indigna escuela. iCuanto siento que no estuviera
usted
[5] a mi lado para apartarme de este camino!
Ya es tarde.
Las pasiones no tienen espera. Son impacientes,
y piden
su presa a gritos y con la convulsion de una
espantosa sed
moral. He sucumbido. No puedo olvidar
lo que tantas
veces me ha dicho usted, y es que la ira puede
llamarse la
[10] peor de las pasiones, porque transformando de
improviso
nuestro caracter, engendra todas las demas maldades,
y a
todas les presta su infernal llamarada.


