[25] Librada aparecio al fin. Su semblante palido
indicaba
la consternacion y el
recelo del delincuente.
—?Que es esto?
?Donde estabas?—pregunto con
terrible enojo la dama.
—Pues, senora... baje a buscar la ropa que esta en [30] el cuarto de la calle... y me quede dormida.
—Todas duermen
aqui esta noche. Me parece que alguna
no dormira en mi casa
manana. Rosario, puedes retirarte.
Comprendiendo que era
indispensable proceder con
prontitud y energia,
la senora y el canonigo emprendieron sin
tardanza sus investigaciones.
Preguntas, amenazas, ruegos, 170
promesas, fueron empleadas
con habilidad suma para
inquirir la verdad de
lo acontecido. No resulto ni sombra de
culpabilidad en la criada
anciana; pero Librada confeso de
[5] plano entre lloros y suspiros todas sus bellaquerias,
que
sintetizaremos del modo
siguiente:
Poco despues de alojarse
en la casa, el senor Pinzon
empezo a hacer cocos
a la senorita Rosario. Dio dinero a
Librada, segun esta
dice, para tenerla por mensajera de
[10] recados y amorosas esquelas. La senorita
no se mostro
enojada, sino antes
bien gozosa, y pasaron algunos dias de
esta manera. Por
ultimo, la sirvienta declara que aquella
noche Rosario y el Sr.
Pinzon habian concertado verse y
hablarse en la ventana
de la habitacion de este ultimo, que
[15] da a la huerta. Confiaron su pensamiento
a la doncella,
quien ofrecio protegerlo
mediante una cantidad que se le
entregara en el acto.
Segun lo convenido, el Pinzon debia
salir de la casa a la
hora de costumbre y volver ocultamente
a las nueve, y entrar
en su cuarto, del cual y de la casa
[20] saldria tambien clandestinamente mas tarde, para
volver sin
tapujos a la hora avanzada
de costumbre. De este modo
no podria sospecharse
de el. La Librada aguardo al
Pinzon, el cual entro
muy envuelto en su capote sin hablar
palabra. Metiose
en su cuarto a punto que la senorita
[25] bajaba a la huerta. La Librada, mientras
duro la entrevista,
que no presencio, estuvo
de centinela en la galeria
para avisar a Pinzon
cualquier peligro que ocurriese; y al
cabo de una hora salio
este como antes, muy bien cubierto
con su capote y sin
hablar una palabra. Concluida la
[30] confesion, D. Inocencio pregunto a la desdichada:
—?Estas segura
de que el que entro y salio era el Sr.
Pinzon?
La reo no contesto nada,
y sus facciones indicaban gran
perplejidad.
La senora se puso verde de ira. 171
—?Tu le viste la cara?
—?Pero quien
podria ser sino el?—repuso la doncella.—Yo
tengo la seguridad de
que era el. Fue derecho a su
[5] cuarto... conocia muy bien el camino.


